El encuentro.
Alejandro Cao de Benós ve cerca la reunificación tras los progresos en los Juegos de Invierno. Chul Yong y Eunju, surcoreanos en Tarragona, son escépticos y la consideran «muy difícil» 

Alejandro Cao de Benós, con Chul Yong y Eunju, en la Plaça Imperial Tarraco.

Alejandro Cao de Benós terminará cantándoles un pedacito de una tonada popular y patriótica norcoreana a Chul Yong y Eunju, una pareja de surcoreanos afincada en Tarragona. Pero antes de llegar a eso ha habido un encuentro amable, cordial, hasta divertido. El lugar es la Imperial Tarraco y sobre el puente mojado se simboliza, en pequeño, todo un escenario político internacional: ese acercamiento esperanzador de las dos Coreas en el marco de los Juegos Olímpicos de Invierno. 

El tarraconense Alejandro, delegado de Corea del Norte y la voz del país asiático en Occidente, aprieta la mano de Eunju y Chul Yong, dos misioneros del sur, de la ciudad de Busan, que residen en Tarragona para enseñar religión. Así que todo concuerda, porque ellos traen esa paz que buscan dos países que hasta hace poco parecían irreconciliables.

Los tres sonríen y miran a cámara, como satisfechos por refrendar un pacto halagüeño. Hay esperanza pero también terco realismo, porque las disparidades están. Arranca Cao de Benós, optimista, entusiasta y convencido del futuro, porque hasta llega a hablar de una reunificación en diez años. «El balance de los Juegos es muy positivo. Después de tantos años de problemas con los últimos gobiernos de Corea del Sur, hay un presidente progresista, Moon Jae-in, que ha dado una posibilidad de conversación y de un encuentro entre las dos Coreas sin injerencias de Estados Unidos», dice Cao de Benós.

Ahí, para él, reside la clave, en que Trump se aparte de la negociación y Corea del Su ejerza su independencia. Los surcoreanos recelan. «Ahora mismo la reunificación es muy difícil», tercia con seguridad Chul Yong. La distancia entre ambos países es abismal. «Corea del Norte es comunista pero Corea del Sur es democrática. El norte no se ha abierto durante 30 años. La forma de pensar, de vivir, las costumbres… todo es muy distinto», explica el misionero surcoreano.

Alejandro replica, defendiendo las esencias de ambas naciones: «La teoría es: un país, dos sistemas. Nadie tiene que renunciar a su ideología. Lo distinto es la política, pero podemos compartir lengua, raíces, cultura. Los dos países pueden hacer lo que quieran juntos mientras se conserven y mantengan sus ideologías, con respeto mutuo. Por eso hablamos de una confederación. Se abrirían las fronteras y los ciudadanos se moverían libremente, para convivir sin problemas».

Duras críticas a Pyongyang 
Cao de Benós está dispuesto a aceptar la hipotética influencia del consumismo exacerbado del sur en el norte, porque, según dice, el flujo sería recíproco y el comunismo podría dejar huella en la otra parte de la península.

Alejandro cree, Eunju y Chul Yong son escépticos. Ellos no dudan en descerrajar duras críticas contra el gobierno norcoreano de quien tan cerca está Alejandro, que lleva casi 30 años trabajando para él. «Los surcoreanos tenemos temor de Corea del Norte. Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un han estado en el poder durante tres generaciones en las que han perseguido a mucha gente. El norte está influyendo mucho y al sur no le gusta», expresa Eunju, y arroja un matiz determinante y a la postre demoledor: «Tenemos mucha simpatía con los norcoreanos pero no con el gobierno, porque es malo y ha perseguido a la gente durante mucho tiempo». 

Alejandro Cao de Benós responde con diplomacia: «Ellos hablan y lo ven según les han enseñado, como les llega por las las noticias, con miedo y con desconocimiento, porque en realidad nunca han estado en el norte. Han estado escuchando muchas mentiras durante mucho tiempo». 

Azota el frío pero brilla el sol en una Imperial que tiene algo de simulación de cumbre mundial en petit comité. La conversación es amena –y hasta hay risas por algunos problemas de comunicación–, a pesar de las tiranteces y la lejanía de universos.

Busan, la ciudad natal de estos tarraconenses de adopción, está a apenas 400 kilómetros de la frontera, quizás el punto más caliente y tensionado del planeta. Nunca han visitado a un país vecino que sigue pareciendo antipático, casi amenazador. «En 2007, cuando había buenas relaciones entre ambos países, muchos surcoreanos iban al norte. Llenaban los hoteles. Yo los llevaría conmigo y verían que se vive distinto a como lo leen en las noticias y a esas historias de terror que se cuentan. Puedes ir y hablar con los norcoreanos y verás que el Gobierno no es tan malo», narra Alejandro.

Ahora, a pesar de esta distensión incipiente, la visita no es posible como lo era hace una década. Y llega el momento de que Cao de Benós afile el verbo: «Ellos no pueden leer nada sobre Corea del Norte o visitarla, porque van a prisión. Tienen la ley de seguridad nacional, lo que los  americanos implantaron como ley anticomunista. Ahora es la National Security Law. No pueden tener relación ni con música, ni con libros, ni tener contactos».

«No hay comunismo en el sur»
Arrecia el intercambio. «Corea del Sur tiene libertad pero el norte no», denuncia Chul Yong. Alejandro pone rápidamente la réplica: «¿Entonces por qué no se puede ser comunista en Corea del Sur? España tiene comunistas. ¿Por qué no en Corea del Sur? Tu allí no puedes leer a Kim Il-sung, ni escuchar música del norte. En España no existe una ley directa contra el comunismo».

Entonces Alejandro, que ha cantado ante auditorios repletos en Corea del Norte, entona en la Imperial el tema ‘Mi país es el mejor’, una de las muchas canciones de exaltación de la patria. Sus dos interlocutores asienten, reconocen la melodía y ríen, les suena esa letra que han oído algunas veces y a la que, según Alejandro, no pueden acceder y ahora lo hacen como si fuera algo prohibido, vetado, como si la cerrazón entre ambos territorios fuera recíproca. Eunju y Chul Yong insisten en que en el norte, durante más de 50 años, se ha ejercido la persecución contra la ciudadanía.

Alejandro, sin embargo, sigue empeñado en argumentar que la reunificación de la península coreana es factible y está más próxima de lo que parece. «Trabajamos precisamente para volver a esa apertura con el sur que había antes, para que puedan viajar del sur al norte», cuenta, cogiendo el guante de esos juegos de Pieonchang que acabaron este domingo y que han tenido un especial eco mediático por esta cuestión histórica.

¿Pero cuáles son los siguientes pasos que hay que dar para que se ahonde en ese acercamiento? «Lo siguiente es continuar lo que hemos empezado, restablecer la colaboración empresarial, retomar la conexión cultural, aumentar el turismo. La clave es hasta qué punto Estados Unidos va a permitir que las Coreas se acaben entendiendo y que eso provoque que ellos saquen sus bases del sur, que mantienen desde la Segunda Guerra Mundial».

Las buenas relaciones
De pronto, la charla se relaja. Habla Cao de Benós, mientras los tres caminan alrededor del estanque de la plaza, de sus visitas a una iglesia protestante de Pyongyang, la capital norcoreana, y los dos nativos del sur, de fuertes creencias religiosas, se interesan, en ambiente afable.

«Tengo muy buenos vínculos con la gente del sur, tanto a nivel personal como de relaciones empresariales», se sincera Cao, que recuerda los hitos del pasado: «Que es posible la reunificación lo demuestran los tratados de los años 2000 y 2007, donde se establecían las bases de una confederación. Se implantaron unos vínculos empresariales, culturales y turísticos muy importantes. Había dos vuelos diarios de Pyongyang a Seúl, algo que no se había visto desde la Guerra de Corea. Con el sur existe una gran receptividad, sobre todo con gobiernos progresistas. Esperamos retomar las relaciones hasta el punto de 2007 para luego continuar».

Los surcoreanos desconfían. Ni siquiera competir bajo una misma bandera en los Juegos de Invierno ni el hecho de que un miembro del COI sugiriera que el equipo coreano de hockey sobre hielo femenino se tendría que llevar el Nobel de la Paz parecen procurar la distensión. «Es muy complicado, no hay puntos en común entre los dos países», vuelven.

Alejandro se aferra a la esperanza y no pierde un segundo para atizar a Estados Unidos, que sigue siendo el enemigo: «No veo diferencia entre la política de Obama y la de Trump respecto a la península coreana, pero debido al acercamiento el presidente se está quedando arrinconado. Trump es el único que amenaza con fuego y furia, mientras el norte y el sur pueden acordar cosas, dialogar y seguir su desarrollo. Allí ven que hay algo que no cuadra».

El oro del norte
Cao de Benós desgrana los beneficios de una eventual reconciliación peninsular: «En el norte tenemos algunas de las reservas más importantes de Asia en oro, platino o zinc, o también en metales raros. Eso lo tiene que importar Corea del Sur a un precio mucho más elevado. Unirse evitaría eso. Además, la industria de defensa del norte está mucho más desarrollada, porque tenemos uno de los ejércitos más importantes del mundo, así que la defensa no sería ningún problema».

Pyongyang también ganaría con ese cambio político. «A nivel tecnológico y automovilístico, el sur tiene mucho más potencial que un norte no tan desarrollado. Ellos tienen también mucha producción alimentaria, es mayor la superficie que tienen para ello. El norte no tendría que gastar tanto dinero en importar cereales de otros países», define Cao de Benós, que zanja el encuentro, una aproximación alentadora que ha reflejado, eso sí, hondas diferencias. Pese a eso, la sesión, casi un guiño diplomático, acaba con un nuevo apretón de manos, más saludos, más sonrisas, y un adiós en el centro ajetreado de Tarragona.

Alejandro enfila Rambla Nova hacia arriba. Enuju y Chul Soung continúan hacia Lluís Companys. Toman caminos distintos las dos almas que laten en Tarragona de un mismo país, Corea.